viernes, 8 de mayo de 2015

En nombre del bipartidismo, muerte al bipartidismo

La industria del descontento es la única realmente boyante en la España de nuestros días. El país oscila entre la resignación, la mala leche reconcentrada y las euforias fingidas de los que viven a costa de quienes gobiernan. La situación no ha cambiado mucho en los últimos cinco o seis años. ¿Se acuerdan de aquella campaña psicotrópica, allá por 2009, que, a instancias de Zapatero, realizaron los principales empresarios? Si, exacto, me refiero a lo de “esto lo arreglamos entre todos”. Seis millones de euros se gastaron en la necedad con tal de dar gusto a Moncloa para que luego su inquilino fuese indulgente en los contratos públicos. Y lo fue. En el oficio de político está todo inventado. A una caricia le sigue otra. En el de periodista también, por eso hubo tanto bobo que se tragó la tontería y anduvo pregonándola a los cuatro vientos apelando a la psicología. Sí, a la psicología. En aquel entonces aún se decía que nuestra crisis era una suerte de estado del espíritu. Tan solo necesitábamos cambiar de humor para que los perros y las longanizas volviesen a poblar nuestras vidas.

La campaña de marras –de la que ya casi nadie se acuerda porque tenemos memoria de pez– respondía al deseo colectivo de que la magia nos sacase de esta. Pero la magia no existe, así que la crisis prosiguió su inexorable curso hasta el día presente. Ahora, más resabiados que una vaquilla de pueblo, no vendrían a vendernos una moto semejante. Y menos aún viniendo de empresarios que, a pesar de todo lo malo que se dice de ellos, han sabido mantener el tipo contribuyendo con ello a que millones de trabajadores mantuviesen el suyo. Por eso lo que priva de un par de años a esta parte son los salvadores milagrosos que tocan nuestra fibra sensible. No olvidemos que en un país de críos casi todo es fibra sensible recubierta con una finísima capa de razón y sentido común.

Es, en cierto modo, una variedad de magia algo más sofisticada. Pretender que tan solo con cambiar la Constitución amaneceríamos en Jauja es propio de ilusos o de interesados en que creamos eso porque los primeros –y únicos– en beneficiarse van a ser ellos. En una trampa similar cayeron los venezolanos de 1998. En aquel entonces Chávez respondía a cualquier pregunta que le hiciesen con el comodín de la constituyente. Todos los problemas se solucionarían de golpe conforme la vieja constitución del bipartidismo dejase el paso franco a una nueva carta magna preñada de buenas intenciones que, por descontado, su principal promotor no concretaba.
Podemos era la manera española de decir regeneración. Así se las ponían a Fernando VII. Lo raro es que en las encuestas de hace seis meses no sacasen un 90% de intención de voto
El así llamado “fenómeno Podemos” iba de eso mismo. Aparecieron de la nada y casi de rebote hace poco más de un año pero traían la receta milagrosa que muchos andaban deseando comprar. Iglesias, Errejón y Monedero, sumos sacerdotes de la salvación nacional, decían exactamente lo que casi todos los españoles querían oír. Ahí radicó su éxito. No fueron los primeros, pero sí los que contaron con el concurso entusiasta de los medios de comunicación. Durante meses han estado administrando su salvífica hostia –dicho sea sin segundas– en régimen de monopolio. Podemos era la manera española de decir regeneración. Así se las ponían a Fernando VII. Lo raro es que en las encuestas de hace seis meses no sacasen un 90% de intención de voto.

Pero, al igual que su aparición fue un error de cálculo de Arriola –ese sujeto todo barba, todo napia, todo maldad y todo inepcia–, el momento en que decidieron alumbrar al neonato fue precipitado. Probablemente los “founding fathers” podemitas no podían ni imaginar los repentinos éxitos que iban a cosechar con sus prédicas. Eso explicaría este año de desgaste que ha terminado frustrando su sueño de entrar a hombros en Moncloa con un cheque en blanco en el bolsillo de la chaqueta. Al final, en un mercado en el que se despacha tanta ganancia, no podía tardar en aparecer la competencia. El españolito que no terminaba de creerse el cuento de la renta básica y las expropiaciones selectivas ya tiene a quien votar. La tragedia está servida.

Del bipartidismo PP-PSOE podríamos pasar al bipartidismo Ciudadanos-Podemos y, ¿saben una cosa?, no pasaría absolutamente nada. El bipartidismo per se no es malo. Lo malo es el Estado, sus impuestos y sus coacciones sin fin. Poco importa que haya muchos partidos si todos apuestan por apretarnos el dogal. Bipartidista es el sistema norteamericano y ahí los tienen, doscientos y pico años de democracia, de inventiva y de atracción de emigrantes y talento. En la Cámara Popular de la antigua Alemania del Este, por el contrario, había nueve partidos representados pero todos pensaban más o menos lo mismo. No se usted, pero yo entre el bipartidismo de EEUU y el multipartidismo de la RDA me quedo con el primero. Por una cuestión de supervivencia personal básicamente.

Los primeros en advertir la amenaza han sido los jerifaltes de Podemos, gente con la cabeza llena de malas ideas pero politólogos a fin de cuentas. Saben que, ahora sí, tienen delante un adversario a su altura. Por eso no quieren siquiera debatir con ellos en televisión y se han entregado a la vorágine tuitera de ponerlos a caer de un burro. Es enternecedor contemplar la pureza de ambos contendientes en estos momentos previos a que se enchufen al presupuesto, seguramente de por vida. Cuando compartan el festín servido a la fuerza por el contribuyente –que no tardarán mucho– aprenderán a respetarse mutuamente y a criticarse con la gentileza debida entre colegas de profesión. Entonces empezaremos de nuevo. Se habrá producido pacífica y suavemente el deseado recambio generacional que, por las cosas de nuestro carácter, siempre vienen acompañados de estos revolcones. Nada nuevo bajo el sol. Esto es España y lo seguirá siendo.

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